Y
ahí, en mitad de la nada, rodeado de seres que ni ven, ni escuchan, ni se
preocupan por nada… te sientes solo. Entonces llega el vacío, ese abismo que te
engulle. Llega para recordarte que nunca se ha ido, que en realidad siempre ha
formado parte de ti, es un rasgo intrínseco de lo que tú eres.
No
sé si llegados a este punto entiendes la idea. Espero que si, porque hay más.
Un
día te despiertas y esos seres están a tu alrededor, se han ido acercando.
Ahora te miran, aunque no llegan a verte. Su cercanía te hace un poco más
feliz, porque en medio de la nada, un poco de compañía hace bien. El tiempo
pasa, y te integras un poco en su día a día, aprendes cómo moverte a su ritmo,
cómo hablarles, cómo pasar desapercibido, muchas veces te lo pasas bien pero en
el fondo sientes que algo falla y es que cuando tu amiga tristeza vuelve a ti,
ellos no son capaces de comprender las cosas que dices, o que sientes. Y ante
esa incomprensión, opinan y opinan sin pararse a escucharte. Eso te frustra, te
da más pena aún y, en consecuencia, te sientes más solo que cuando les
observabas a lo lejos.
No
sé si has captado la idea general.
Ese
océano, ese abismo, y tú en él. Esas ganas de llorar o de gritar, de que te
escuchen antes de aconsejarte nada. Ese vacío aún rodeado de seres. Esa
tristeza azul. Ese dolor. Las ganas, por primera vez, de que alguien te
entienda y sea capaz de guardar silencio contigo, simplemente cogiéndote de la
mano, viajando contigo en ese bote perdido.
Pero
no hay nadie. O si hay, pero no les sientes. Y por eso te quieres ahogar un
rato en el mar… pero en vez de eso te quedas ahí, flotando.
¿Has
entendido lo que quiero decir? Espero que sí, porque no me apetece volver a
explicarlo.
Y
ahora simplemente guarda silencio.



