Se levanta de la cama. No mira la hora, ni le importa y el tiempo ya no tiene sentido. ¿Qué más da tarde que noche? el cielo siempre esta apagado en ese rincón de su cabeza, y los amaneceres desaparecieron en el momento de pisar tierra.
Se sienta en el sofá. Un perro callejero que pulula por la casa la observa. Ella le devuelve la mirada y él mueve el rabo contento.
-No te pienso sacar a la calle- le dice.
Pero el perro la mira con ojos de cordero. Ella bufa y refunfuña pero finalmente levanta el culo de su sitio y se pone en movimiento.
Un pie, y después el otro, poco a poco. Aunque pesa, el cuerpo, antes liviano, se ha convertido en una roca inmensa, cada paso es un esfuerzo sobrehumano. Pereza. O más bien apatía, pero lucha un poco contra ella.
Le pone la correa al chucho y baja con él a la calle.
Maldita calle, maldito calor y maldita gente que va por ella. Sonriendo, como si hubiera motivos. En el fondo ella sabe que los hay pero no los siente, ahora no.
Es como si su cabeza le estuviera diciendo un montón de cosas al azar, como por sorteo, mientras su corazón intenta atraparlas al vuelo. Pero se le escapan. Y así acaba, el corazón por un lado jugando al pilla pilla con unas ideas que en verdad están jugando al escondite.
Y ahí esta, en mitad de la calle, dejándose arrastrar por el pequeño animal que tira de ella.
Quizá es justo lo que necesita, en medio de ese tornado, algo o alguien que tiren de ella, que la lleven a un punto justo donde el aire no te sube a las nubes ni tampoco te hace besar el suelo.
Necesitamos tierra, pisar un poco, pero con la cabeza en su sitio, no entre los tejados.
Y mientras sigue su paseo piensa en cómo llorar.
Hace una lista mental :
Escuchar canciones depresivas.
Momentos de introspección totales, a solas con el silencio.
Decirse en voz alta mil veces que debe llorar.
Pero nada de esa lista funciona. Porque la cuestión no es llorar, la cuestión es asumir. Pero hacerlo de verdad.
Asumir que amar duele, más si es en la distancia. Entender que cuando dos almas se encuentran, aunque choquen locas de atar y sean una, a veces, se tienen que separar para volver a ser un yo individual. Pero a su vez debería comprender que aquello que una vez fue uno, siempre lo será.
Esto es la vida, puta, egoísta e injusta. Y eso es el amor, desesperación, descontrol, y por supuesto vida. Con todas las de la letra V I D A.
Y cuando te separan de eso, todo se hace cuesta arriba.
Sigue andando pero el perro ya no quiere pasear más. Así que le sube de nuevo a casa. Se vuelve a sentar en el sofá y mira a la nada. Le llueven los recuerdos, escucha las palabras, dibuja en su mente cada frase, cada paisaje, cada suspiro compartido.
Y no llora. No lo consigue.
Pero esto funciona así, uno no se puede forzar a nada, ni a querer, ni a no querer ni a llorar...todo llega, en el momento más inoportuno. Y eso, ha quedado demostrado.
Se levanta del sofá y va al baño. Otra vez.
Y así, pasan los días, jugando al querer y no poder, al ser y a la vez no ser. Al sentir, sin sentir.
Pero un día, en mitad de ese círculo, decide decir las palabras adecuadas en voz alta.
Las dice, bien claras, para escucharlas. Y le asusta tanto lo que oye que, mientras el perro menea el rabo feliz, ella comienza a llorar.
Y así, es como empiezan a sanar las heridas.
Otros se quedan en el camino, y lloran por dentro.
Pero ella no. Porque es distinta al resto.
:::Nakupenda Sana:::
